APAER nació en 1982 por iniciativa de Noemí Delellis de Arbetman, en respuesta a los pedidos de ayuda de directores de escuelas rurales. Fue una acción impulsada desde la ciudadanía que dio origen a una red de colaboración nacional que sigue vigente más de cuatro décadas después. Desde entonces, trabajamos por una educación más equitativa, acompañando a escuelas rurales de todo el país.
En 1982, Noemí Arbetman, profesora de yoga de Villa Devoto, leyó un artículo en una revista sobre la niñez carenciada. Conmovida, decidió reunir a sus alumnas y proponerles ayudar a los chicos del interior del país, especialmente de zonas muy pobres como el Chaco. Enviaron treinta cartas a distintas escuelas rurales de la región, preguntando por sus necesidades. Solo cinco respondieron. Muchas de esas escuelas estaban en pueblos que ni siquiera figuraban en los mapas.
Una de esas respuestas llegó desde Pampa del Infierno, y pedía una bandera de ceremonias, alimentos, ropa y útiles escolares. Al viajar para hacer la entrega, se encontraron con una realidad que las marcaría para siempre: chicos caminando kilómetros para asistir a clases en escuelas de barro, con techos de chapa (cuando los había), sin baños, sin pizarrón ni bancos. Si llovía, llovía también en el aula. Fue ese impacto el que encendió el compromiso que dio origen a una red solidaria.
De regreso en Buenos Aires, comenzaron a enviar ropa, libros y útiles escolares que sobraban en sus casas. Las alumnas del gimnasio de Noemí se involucraron activamente: cada una eligió un “ahijado” al que ayudar. Luego se sumaron familiares, amigos y conocidos. Pero con el tiempo, la lista cercana se agotó y las necesidades seguían creciendo. Fue entonces cuando Noemí decidió escribir a los diarios buscando más ayuda. Este es el momento en el que las cartas de lectores empiezan a jugar un papel importante en la expansión de APAER. Las cartas escritas por Noemí y publicadas en los diarios (en particular, en Clarín) fueron una herramienta crucial para obtener apoyo y conectar a más personas con la causa.
Una maestra le había pedido un molino, y para conseguirlo escribió una carta que fue publicada por Blanca Cotta —cocinera y escritora— en su espacio de Clarín Revista. Esa publicación abrió una nueva etapa: la obra empezó a difundirse y a llegar a más personas. Con el tiempo, se estableció un sistema de padrinazgo que permitía no solo enviar materiales, sino también generar un vínculo humano a través del intercambio de cartas.
El proyecto creció con la fuerza del boca a boca y el eco de los medios. Noemí llegó a publicar 45 cartas en la sección “Cartas al País” del diario Clarín, contando la realidad de las escuelas rurales y pidiendo padrinos. También comenzaron a llegar pedidos desde otras escuelas, y se sumaron padrinos de todo el país… y del mundo: Venezuela, Estados Unidos, Australia. La visibilidad permitió que la red se ampliara rápidamente, conectando a más personas con ganas de ayudar.
Además de materiales, algunos padrinos aportaron recursos para obras de infraestructura. En 1986, por ejemplo, se construyó un anexo para la Escuela N° 450 en Pampa del Infierno con apoyo de Siemens. Otras construcciones y mejoras continuaron en distintas provincias.
A principios de los años 90, el impacto de la red ya era inmenso. APAER había conectado a más de 5.000 padrinos con chicos de más de 1.000 escuelas rurales. Gracias al apoyo recibido, se habían construido 16 escuelas y mejorado muchas otras. Lo que comenzó como una iniciativa de un pequeño grupo de mujeres solidarias, se transformó en una asociación civil con sede propia y presencia nacional, que sigue trabajando incansablemente hasta hoy por una educación más justa y digna en zonas rurales.
Los inicios de APAER estuvieron marcados por reuniones llenas de entusiasmo y compromiso, llevadas a cabo en un departamento en la calle Ciudad de la Paz. Posteriormente, se alquilaba otro espacio en la misma calle, donde comenzó a gestarse un sueño: adquirir un lugar propio.
Con el esfuerzo conjunto de los voluntarios, algunos aportaron donaciones, otros préstamos, y uno de ellos incluso ofreció sus ahorros destinados al casamiento de su hija para hacer realidad este proyecto. Fue ese espíritu de solidaridad y trabajo en equipo el que permitió, finalmente, la compra del departamento en la calle Conesa, nuestra actual sede.
Lo que comenzó como una acción de un pequeño grupo evolucionó hacia una red solidaria que trabaja por mejorar las oportunidades educativas en comunidades rurales.
Durante 43 años, padrinos, donantes, voluntarios y comunidades rurales han unido esfuerzos para brindar a miles de chicos las herramientas necesarias para construir un futuro más digno.
Tras todos estos años de labor ininterrumpida, seguimos trabajando con el mismo compromiso y convicción que inspiraron su creación, siempre fieles a nuestra misión.
Muchas de estas escuelas están ubicadas a más de 10 km de centros urbanos, en zonas de difícil acceso y sin servicios esenciales como agua potable, electricidad o sanitarios. Suelen tener entre 10 y 150 alumnos, la mayoría provenientes de familias de bajos recursos que recorren grandes distancias para llegar a clase. En muchos casos, la escuela es el único espacio donde acceden a una comida diaria. A menudo, un solo docente está a cargo de todos los grados, asumiendo un rol clave tanto en lo pedagógico como en lo comunitario.
Desde nuestra fundación en 1982, el compromiso de APAER ha sido acortar la brecha educativa en el campo. Sin embargo, en estas cuatro décadas, el escenario ha dejado de ser uniforme para convertirse en un mosaico de realidades diversas. Argentina no es una sola ruralidad, y entender esa complejidad es lo que nos permite intervenir donde más se hace necesario.
El campo que vio nacer a APAER ha mutado de forma distinta según la región. Mientras que hace 40 años la realidad era más similar entre provincias, hoy enfrentamos contrastes marcados:
En la zona central y el litoral (Entre Ríos, Santa Fe): Nos encontramos con el fenómeno del despoblamiento. Escuelas que antes rebalsaban de niños hoy sostienen su bandera para apenas tres o cinco alumnos debido a la tecnificación del agro. Allí, el desafío es evitar el cierre y defender el derecho a la educación en el lugar de origen.
En el Norte Grande (NOA y NEA): La presión sobre la frontera agrícola y la falta de infraestructura histórica generan una carencia extrema. Allí, la escuela es el único refugio, pero lucha contra distancias críticas y rutas que se vuelven trampas de barro en cada lluvia.
Deudas estructurales: En todo el país, unas 10.000 escuelas primarias arrastran deudas que parecen detenidas en el tiempo. La falta de agua potable, electricidad y partidas presupuestarias insuficientes obligan a las comunidades a hacer milagros para cubrir el mantenimiento básico.
Detrás de cada institución hay un docente que es, al mismo tiempo, director, cocinero y líder comunitario. El maestro rural enfrenta la falta de capacitación para el aula plurigrado y la soledad pedagógica, pero su rol es esencial como agente de desarrollo humano.
A este esfuerzo se suma una fuerte participación comunitaria: la colaboración entre familias y escuela refuerza el apoyo a los estudiantes y consolida una red que sostiene tanto el aprendizaje como la vida cotidiana. La educación rural no solo transmite conocimientos, sino que desarrolla las capacidades de las comunidades, permitiendo que los chicos fortalezcan sus habilidades y valores.
APAER: El puente que une cada realidad
Hoy, conectados con más de 1.500 escuelas, funcionamos como un puente inteligente entre las comunidades y quienes desean ayudar. Aunque el sistema incluye modelos diversos como las Escuelas de Alternancia (EFAs), en APAER centramos nuestra energía en las bases, acompañando procesos que fortalecen las capacidades educativas y sociales desde el inicio.
No pretendemos cambiar el mundo, pero sí acompañar a los chicos para que transformen su propio entorno. En cada paraje, por pequeño que sea, se está gestando el capital humano que definirá el futuro de nuestra tierra. Allí, en la escuela que resiste, es donde empezamos el verdadero cambio.
Paradójicamente, las limitaciones del entorno rural esconden fortalezas que los resultados de las pruebas Aprender confirman:
Rendimiento Académico: Los alumnos rurales suelen superar a los urbanos en Matemática y Lengua gracias a una educación personalizada que identifica fortalezas individuales.
Clima Escolar Positivo: Se fomentan ambientes más humanos y colaborativos, con menos casos de bullying y un espacio de confianza clave para el desarrollo integral.
La Paradoja de la Conectividad: La falta de estímulos urbanos y conectividad limitada favorece la concentración y el vínculo con lo esencial. Este entorno estimula la observación, el pensamiento crítico y una creatividad práctica única.
Nombre de la organización: APAER – Asociación Civil Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales.
CUIT: 30-63229480-4.
Personería Jurídica: Asociación Civil inscripta en la Inspección General de Justicia (IGJ) bajo el número de registro o matrícula 000093.
Fecha de registro: 30 de marzo de 1987.
Misión: Lograr que los alumnos de las escuelas públicas rurales completen la escolaridad obligatoria y apoyen su desarrollo en su comunidad para evitar el desarraigo.
Sede Institucional: Conesa 2141 PB “A”, CABA (CP 1425).
Genoveva Barsanti
Presidente
Silvia Treglia
Coordinadora de Proyectos y Padrinazgos
Vanesa Grillo
Responsable de Administración
Rocío Veccio
Coordinadora del Programa de Becas
Sebastian Puppo
Comunicación
Genoveva Teresa Barsanti | Presidente
Mariano Larrea | Vicepresidente
Lucrecia Balado | Secretaria
Carla Fernández | Tesorera
Alejandra Barrera | Vocal Titular
Beatriz Garibaldi | Vocal Suplente
José Lafuente Quinteiros | Titular
Mónica Toth | Suplente
Vanesa Grillo | Depto. Administrativo-Contable
Silvia Treglia | Depto. Desarrollo Institucional / Padrinazgos
Rocío Vecchio | Departamento de Becas
Sebastián Puppo | Comunicación
Silvia Wollenberger de Kossoy • María Elena Iriarte • Genoveva Barsanti • Beatriz Diez Mori • Cristina Laporte • Sara Gonzalez • Lucrecia Balada • Jorge Moreno • Alicia Decastelli • Nora Bravo • Teresa Denaro